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lunes, 6 de marzo de 2017

Haitianos ocupan siete pueblos dejan dominicanos en MC

Por:

RICARDO RODRIGUEZ ROSA r.rodriguezrosa@hotmail.com
PALO VERDE, MONTECRISTI. Jaramillo, Juliana, Batey Madre, El Gómez, Cabuya, Sanita y Sequía son pequeñas comunidades de aquí fundadas hace años, pero que ahora son habitadas por haitianos, casi todos indocumentados, porque los ocupantes originales decidieron abandonarlas.

Este proceder, según el gobernador provincial, Marcelino Cordero, ha tenido su origen en que poco a poco los dominicanos llegaron a la conclusión que allí apenas tendrían posibilidad de sobrevivir.


El representante del Poder Ejecutivo en la provincia montecristeña lamentó que los dominicanos que han emigrado de esos lugares hayan tomado esa decisión, pero dijo entenderla “porque allí carecen de las más mínimas facilidades de vida”.

Otro factor que, de acuerdo al gobernador Cordero, los dominicanos prácticamente han abandonado esos villorrios, incluso las humildes casas que con mucho esfuerzo llegaron a construir, es porque hasta esos apartados lugares llegó la delincuencia.
“Al ser sitios muy apartados, donde hace difícil recibir la ayuda de familiares y amigos residentes en otros lugares, los dominicanos se cansaron de ser víctimas de las tropelías que en su contra aparentemente cometían los haitianos, por lo que optaron por irse a otros lugares”, sostuvo la principal autoridad de Montecristi.

Resaltó Cordero que en esa parte de Palo Verde nunca ha existido un destacamento policial, servicio de electricidad ni agua potable, lo que se convirtió para los dominicanos en lugares imposibles de vivir.

Para acceder a esos lugares es necesario hacerlo por una carretera en malas condiciones. La principal fuente de trabajo son las plantaciones de bananos, sembrados por propietarios de fincas que luego venden a empresas exportadoras.
Otros menos afortunados tienen que conformarse con laborar en el acondicionamiento de fincas, mediante el proceso de desyerbo, por salarios irrisorios.

La ausencia casi total de dominicanos, fundamentalmente en las comarcas de Jaramillo y Juliana, donde funcionaban sendas escuelas primarias, hace pocos años el Ministerio de Educación decidió cerrarlas, porque ningún niño iba a recibir docencia.
Y es que en los últimos años la mano de obra preferida por los cosecheros de guineo es la haitiana, quienes llegaron en grandes cantidades y en poco tiempo comenzaron a desplazar a los criollos.

Hasta que los fundadores de Juliana, Jaramillo, Batey Madre, El Gómez, Cabuya, Sanita y Sequía decidieron poco a poco establecerse en otros lugares de esta provincia, donde la vida fuera más digna y llevadera.

Y, dejando sus humildes casas atrás, marcharon con mujeres e hijos, incluso hasta lugares tan distantes como Santiago y la ciudad capital, donde la mayoría ha logrado reubicarse.

El éxodo de las pocas familias dominicanas que permanecían en esos lugares, a la espera de que la suerte cambiara y algo de bonanza volviera allí, terminaron por seguir los pasos de los que antes emigraron, al entender a finales del pasado año que ya no había posibilidad de recuperación.

Las inundaciones provocadas en noviembre pasado por el desborde del río Yaque del Norte y otras fuentes acuíferas de los alrededores, con la consiguiente anegación de sus casas y otras propiedades, materialmente los obligó a recoger lo poco que tenían y buscar mejor suerte en otros lugares.

Ahora, parajes como Jaramillo, Juliana y Sequía, donde vivía el 80 por ciento de las familias dominicanas, aunque están siendo repoblados por haitianos (prácticamente todos indocumentados) lucen comarcas desiertas, con las pequeñas casas que presentan claros aspectos de estar parcialmente abandonadas y deterioradas.

Manecio Joseph, uno de los primeros haitianos que hace 20 años se estableció en Sequía, recuerda allí había 80 familias dominicanas, pero que ahora apenas permanecen tres.

“La situación sigue siendo difícil, pero los haitianos que hemos decidido establecernos aquí vivimos mucho mejor que si estuviéramos en nuestro país”, subrayó.

La mayoría de los extranjeros que allí reside se pasa las horas congregada debajo de grandes árboles, a la espera de que regresen de las plantaciones de banano sus familias que logran conseguir trabajo, o aquéllos que se pasan los días labrando la tierra o acondicionando predios para posteriormente ponerlos a cosechar.

Ahora, por ejemplo, en la comunidad Jaramillo apenas permanece una familia compuesta por dominicanos, la que justamente decidió “establecerse” en el local donde operaba la pequeña escuela y allí reside desde hace poco más de un año.
Miguelina Castillo, una joven que junto a su marido Antonio Méndez y un pequeño hijo de poco más de tres años, desde entonces son los nuevos “inquilinos” de lo que antes era la escuela de allí.

Y decidieron ocuparla porque, además de que vivían en una casucha mucho menos adecuada que esa construcción de cemento (única en el área) “evitamos que siguieran saqueando la construcción, de la que lograron llevarse ventanas de metales y puertas”.

En el otro lugar donde fue necesario clausurar la pequeña escuela por la falta de estudiantes dominicanos, es en Juliana, pero allí el centro educativo ha corrido mejor suerte.

Esto así, porque en la periferia hay tantas casas abandonadas disponibles, que los haitianos no han tenido la necesidad de convertirla en vivienda, por lo que se mantiene intacta y protegida por una malla ciclónica.

Un joven que se identificó como Michel Yan y quien llegó con su mujer y dos hijos a la comunidad Juliana, explicó que decidió establecerse allí “porque encontramos las casas abandonadas y la posibilidad de realizar cualquier trabajo agrícola”.

Pero que en realidad la vida no es fácil para los habitantes de Palo Verde, fundamentalmente por la falta de servicios públicos y lo apartado de de las zonas de producción.

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