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martes, 17 de enero de 2017

Obama creyó que cambiaría el mundo (pero no)

El mejor resumen que ha hecho el presidente saliente de los Estados Unidos, Barack Obama, sobre lo que fue su política exterior, se lo dio al presentador Stephen Colbert y no a la CNN o a los senadores de su país. En una entrevista ficticia, el humorista, quien hacía el papel de un hombre que le ayudaba a Obama a buscar trabajo, ahora que va a quedar desempleado, le preguntó por sus logros. Obama dijo que había logrado un acuerdo nuclear con Irán y había restablecido relaciones con Cuba tras 50 años de distanciamiento.

Luego Colbert le preguntó al primer mandatario si había recibido algún premio por su trabajo. Obama respondió que había sido distinguido con unos 30 doctorados honorarios y con el Premio Nobel de Paz. Entonces Colbert le preguntó que por qué se lo ganó. Y Obama respondió: “Honestamente, todavía no lo sé”. Y entonces el público se rio. El programa se emitió en octubre. Y en noviembre, los estadounidenses eligieron como presidente a Donald Trump. Quizás ese mismo público ya no se ría de a mucho.
Pero, aunque Obama no sepa por qué le dieron el Nobel de Paz, quienes se lo otorgaron dijeron que era porque el primer mandatario le había dado a su pueblo “esperanzas en un futuro mejor”. Es cierto: cuando llegó a la Casa Blanca, Obama fue visto como una promesa. Pero en poco tiempo se dio cuenta de que, a diferencia de lo que Hollywood dice, un presidente negro en Washington no cambia el mundo. Tras ocho años de gobierno y ahora, a punto de ser reemplazado por el hombre que puso en duda que Obama hubiera nacido en Estados Unidos, el presidente saliente se muestra, en lo que a su política exterior se refiere, como una promesa incumplida.
Y hubo, por lo menos, tres factores que ayudaron a que el balance fuera ese y no otro. Primero: Obama heredó de su antecesor, George W. Bush, dos guerras, una en Afganistán y otra en Irak, y una serie de conflictos a punto de estallar. Obama quiso remediar el problema. Por ejemplo, redujo el contingente en ambos países. En ese sentido, no fue ni un halcón, ni una paloma. Pero lo que hizo fue, sencillamente, insuficiente. El problema era —y es— mucho más complejo. Y Estados Unidos ya había cometido demasiados errores.
El fuego no se apagó. Lo que se dio fue un efecto dominó. Primero fue la Primavera Árabe, el desacertado nombre que Occidente les dio a las protestas que sacaron del poder a hombres como Muamar El Gafadi en Libia o Hosni Mubarak en Egipto. Pero en un país —en Siria— no fue primavera sino invierno. En 2011, la protestas contra el dictador Bashar al-Asad derivaron en una guerra civil, que no ha terminado. Aunque en Libia el embajador estadounidense, Christopher Stevens, había muerto durante un ataque al consulado norteamericano, fue Siria la que se convirtió en una prueba de fuego para Obama. Y Obama, aunque no se quemó, tampoco ha salido bien librado.
Ya volveremos a Siria. Sin embargo, no se puede entender este conflicto si no se tiene en cuenta antes el segundo de los tres factores que he mencionado: que el mundo ha cambiado profundamente. Algunos creyeron que tras la caída de la Unión Soviética, el mundo sería dominado exclusivamente por Estados Unidos. Mejor dicho: un mundo unipolar que marcaría el triunfo del liberalismo y el inicio de una nueva época dorada.
Pronto se dieron cuenta de que estaban equivocados: Somalia, Ruanda, Kosovo, varios conflictos alrededor del mundo dejaron en claro que el fin de la Guerra Fría no había sido, ni de lejos, el inicio de un mundo mejor y que este no era un mundo unipolar sino multipolar y complejo. Ni Clinton ni Bush lo entendieron. Y Obama lo entendió a medias. Al darse cuenta de todo esto, optó por aliarse con otros países, en vez de andar por el mundo como un llanero solitario.
Pero pronto entendió que las alianzas tienen un costo y que había potencias que, sencillamente, no se querían aliar con los Estados Unidos. La crisis ucraniana y la adhesión de Crimea a Rusia se lo dejaron en claro. Rusia mostraba los dientes y su presidente, Vladimir Putin, se convertía en el hombre más poderoso del mundo, según revistas del mismo Estados Unidos. Obama optó por sancionar a Rusia, pero esto ni siquiera asustó a los rusos.
Pero faltaba un batacazo más y ahí es, precisamente, donde volvemos a Siria: el 29 de junio de 2014, el Estado Islámico, un grupo yihadista cuyos orígenes se remontan a 2004 y consecuencia de todos los errores cometidos por Estados Unidos en Medio Oriente desde 1980, proclamó el Califato y dio inicio a una guerra en las ya destrozadas Siria e Irak.
La locura y las armas se unieron y atizaron la guerra en Siria, que ya ha acabado con la vida de 300 mil personas —más que el conflicto colombiano— y que se ha convertido en un conflicto de egos, donde Rusia, Irán, Turquía, Estados Unidos y el Reino Unido han metido la mano como una forma de ver quién es más poderoso. Siria se ha convertido en el laboratorio de la barbarie para unas cuantas potencias que quieren cimentar su poder sobre miles de muertos. Y la guerra sigue.
Y ahí viene el tercer factor: Obama les ha dado la razón a quienes dicen que el pez muere por la boca. Nadie le puede quitar al presidente saliente que es uno de los mejores oradores de la historia de los Estados Unidos. Pero, lastimosamente, sus palabras no se compaginan con sus hechos.
Puede que no sea culpa exclusiva de Obama. De nuevo: puede que el presidente haya creído, genuinamente, que cambiar el mundo era más fácil. Pero no. Nada de eso. Y al final fueron muchas las promesas que Obama no cumplió. Y las que sí cumplió, viéndolo bien, fueron tan frágiles que es probable que su sucesor las borre de un plumazo: el acuerdo nuclear con Irán, el restablecimiento de las relaciones con Cuba y el Acuerdo de París con el que Obama se propuso hacerle frente al cambio climático.
Y cada una de ellas tiene su otra cara. Respecto a Cuba, por ejemplo, Obama no pudo cumplir con su promesa de cerrar la cárcel de Guantánamo y tampoco acabó con el embargo. Con Irán, por su parte, aunque logró que firmara un acuerdo nuclear, no impidió que se metiera en el conflicto sirio. Y respecto al Acuerdo de París, hay que decir que es tan reciente que todavía no ha dado frutos. Es probable que no los dé si Trump decide salirse de este.
Quizás otra muestra de que la política exterior de Obama dejó mucho que desear es que quien se encargó del Departamento de Estado durante muchos años, la exsenadora Hillary Clinton, no pudo derrotar a Donald Trump y suceder a Obama, en parte, porque muchos sentían que Estados Unidos ya no era grande por culpa, entre otras, de la política exterior del demócrata. Que Obama sea una promesa incumplida se debe a una conjunción de factores: de guerras heredades, de un mundo cambiante y de un discurso que Obama no supo hacer realidad.
Pero, como decía Marx, la historia se repite dos veces: primero como tragedia y luego como farsa. Obama fue la tragedia, quizás Trump sea la farsa. Obama, como lo hizo Bush con él, le ha dejado a Trump varios problemas sin resolver. Por ejemplo: a menos de un mes de irse del cargo, le dejó una papa caliente al abstenerse de vetar una sanción contra Israel por parte de la ONU.
Trump, movido por su ingenuidad, salió vociferante a decirle a Israel que cuando él llegara a la Casa Blanca todo iba a cambiar. No sabe lo que se le viene. Quizás es que Obama quería ponerle una cascarita para burlarse de él cuando Putin, al que ve como un amigo, se oponga a un Israel fortalecido. O quizás Trump no necesite de Obama para embarrarla: ya empezó con pie izquierdo metiéndose con China, un dragón no tan dormido, y con Alemania. Ya fue la tragedia y ahora la farsa. A Trump, como a Obama, le pasará que morirá por la boca y será una promesa incumplida para la tristeza de sus votantes y el alivio de sus opositores.

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