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viernes, 24 de julio de 2015

Andrés L. Mateo: Cuando escribo un artículo, de esos que tú llamas “ácidos”, hago literatura

Néstor Medrano
Santo Domingo
Andrés L. Mateo es un intelectual terminado que ha descollado como nadie en la novelística,  con una valiosa obra ensayística y una prosa que derrama en artículos periodísticos ácidos, poco complacientes con el sistema, porque, como los escritores comprometidos, con  garra y linaje, está muy lejos el ideal de estar conforme.
En este diálogo, Andrés L. Mateo muestra la vastísima cultura de quien conoce el oficio más allá de su tiempo y de su época. Forjado con una formación humanística que le permite desentrañar las interioridades de los distintos ciclos de la creatividad y las urgencias de los tiempos modernos.

Por primera vez, públicamente, se queja de la falta de solidaridad de la intelectualidad dominicana y las posiciones arrodilladas y sumisas ante el poder de muchos de ellos, a propósito de una de las coyunturas difíciles que ha debido enfrentar en su vida:
 "Solo que la miseria moral y la miseria material han franqueado todos los escrúpulos, y los intelectuales, en particular, se han visto obligados a tener dos vidas, y las dos falsas. ¿Cómo es posible que una “comisión de intelectuales” haya ido a “desagraviar” a Leonel Fernández; mientras Félix Bautista usaba ese mismo poder para llevarme a la justicia, y no dijeran absolutamente nada a mi favor, que soy un colega, que no tengo más arma ni más poder que la palabra? ¿Hay mejor ficción que esa?
Hoy más que nunca se siente más novelista, más ensayista, con la proclama de construir una obra en la que lo primordial es el respeto al lector:
“Incluso cuando hago un artículo, de esos que tú llamas “ácidos”, hago literatura. Respeto a mis lectores, escribo cuidadosamente, pulo, trato de sacarle a la lengua todas sus posibilidades. Y no publico todo lo que escribo”, afirma.
En esta entrega hay un Andrés L. Mateo que fluye con sus temas consustanciales, que es un constante inquisidor que se autoproclama de proletariado académico y que dice, quizá con un dejo de frustración que los intelectuales dominicanos no se leen entre sí.
“Un grave problema de la intelectualidad dominicana es que no se leen entre sí, y no hay juicio en qué sustentar la valoración. Los egos ciegan. Sé lo que digo. Estoy obligado a leer a muchos autores dominicanos porque soy profesor, y como además  soy del proletariado académico, es un imperativo ético hacerlo. En toda cultura, en toda literatura, hay opción de goces estéticos diferentes y se puede encontrar de todo como en botica. Nuestras posibilidades son las mismas de cualquier país con un nivel de educación tan deficiente como el nuestro, y con una censura estructural difícil de superar”, reflexiona.
Andrés L. Mateo. La Entrevista:    
Andrés L. Mateo, un novelista, ensayista, creador de grupos literarios como La Isla, autor de novelas leídas y reconocidas a nivel nacional e internacional, ¿es el mismo autor de Pisar los dedos de Dios, que concibió en esa novela una visión renovadora de la ficción, con sus sueños y utopías o el discurrir de un país con una problemática social profunda ha opacado esa ilusión?
ALM: Solo en ese sentido soy el mismo. Puede que mi cuerpo entre ya en el crepúsculo, soy casi viejo; pero conservo la ilusión de la justicia que caracterizó mi generación. Uno puede engañarse, olvidar, pero si pierde su esencia es ya otro. Ahí es donde está mi orgullo, y hasta mi diferencia con los demás: para mí un intelectual, un escritor, no es un querubín deslucido.
Cuando escribí “Pisar los dedos de Dios” hacía literatura ancilar con toda conciencia. Usaba los recursos del arte salvando la especificidad de la obra literaria, que es lo fundamental, porque uno es escritor, no otra cosa. La novela no  es un panfleto, es una historia que yo viví en el colegio San Juan Bosco, y a la caída del régimen de Trujillo tenía derecho de irritarme, preguntar, hundirme en las delicias de la melancolía, en el áspero placer del resentimiento.
Ese Bernardo Puig de la novela existió, se lo llevaron los calieses del régimen frente a nuestros propios ojos, desapareció para siempre. Y no había a quién preguntar, la vida y la palabra se habían polarizado de tal manera que nuestro signo era el silencio. Es lo que caracteriza al poder dictatorial. Tan pronto tuve la oportunidad, hice una novela. Yo creo que si no preservara esa ilusión, ni siquiera podría escribir.
Para mí las palabras son la quintaesencia de las cosas, y es sobre ellas que cabalgan la memoria y la imaginación. Es en ese sentido que soy el mismo. Todo lo demás puede cambiar en mi vida.       
Desde La Otra Penélope hasta la Balada de Alfonsina Bairán y El violín de la adúltera o Mito y Cultura en la era de Trujillo, ¿ha habido más novelista en Andrés L. Mateo, o el ensayista y articulista crítico ácido de muchos aspectos político-sociales de su país se llevó por delante al autor de ficciones?
ALM: Hay más novelista y más novelas. Más ensayista y más articulista. Ya lo dije, descubrí toda mi idea de la existencia a través del lenguaje. Incluso cuando hago un artículo, de esos que tú llamas “ácidos”, hago literatura. Respeto a mis lectores, escribo cuidadosamente, pulo, trato de sacarle a la lengua todas sus posibilidades. Y no publico todo lo que escribo. Tengo una novela que podría haber entregado al editor, pero soy quisquilloso; hay que jugar a la pasión para sentir la literatura, no soporto a muchos que sus actos se transforman en gestos. Me repugna hundirme en la impostura.
El nuestro es un país en el que la verdad y la fábula son la misma cosa. Incluso escribir cotidianamente sobre la realidad dominicana es como la presencia carnal del discurso ficcional. ¿Hay mejor novela que ésa que dimana de la práctica vulgar de nuestros políticos? Todo cuanto yo describo en mis artículos es el pleno despliegue de la realidad más absurda. Ni “La náusea”, de Jean Paul Sartre, ni “El extranjero”, de Albert Camus, pueden albergar mayor relación con el discurso del absurdo que la realidad dominicana. Es como llevar la locura hasta el extremo y ser tragado por ella. Solo que la miseria moral y la miseria material han franqueado todos los escrúpulos, y los intelectuales, en particular, se han visto obligados a tener dos vidas, y las dos falsas.
¿Cómo es posible que una “comisión de intelectuales” haya ido a “desagraviar” a Leonel Fernández; mientras Félix Bautista usaba ése mismo poder para llevarme a la justicia, y no dijeran absolutamente nada a mi favor, que soy un colega, que no tengo más arma ni más poder  que la palabra? ¿Hay mejor ficción que esa? Esa es la novela. Dos reales y los “pensantes” le enseñan la luna al amo; una botella, un sueldo, y acaban por mostrarles el trasero. Quizás en mis artículos hay más ficción que en mis novelas. Quizás lo que se ha llevado por delante la realidad tan degradada que estamos viviendo es el respeto ritual que la pequeña burguesía sentía por sí misma en otros momentos épicos de la historia contemporánea, y que ahora es sumisión y desencanto, un mundo a la medida de su comercio.       
Quienes conocen la obra de Andrés L. Mateo, su arraigo académico y su amor por la academia quisieran saber de él si existe una oportunidad para República Dominicana, si sus intelectuales tienen la certeza de los enormes desafíos que se avecinan y si hay esperanzas para la Cultura dominicana a través de sus distintas manifestaciones, literatura, pintura, políticas culturales…
ALM: Nuestro gran problema es que no existen ya proyectos sociales, y los intelectuales en nuestro país no constituyen un núcleo definido enfrentado a la tarea de desmontar la subversión aguda de las relaciones cívicas; como en la Francia del siglo XIX y principios del XX. No creo, por lo tanto, que esa certeza pueda brotar de la nada. Hay un libro de Guillermo Francovich llamado “El odio al pensamiento”, dedicado a analizar las formas desmitificadoras del pensamiento que proliferaron en Francia después del mayo de 1968. En la República Dominicana hay una tradición muy arraigada de odio al pensamiento, históricamente todas nuestras propuestas de regeneración social provenientes del pensamiento dominicano han sido desechadas, humilladas,  por la tradición conservadora; y desde Núñez de Cáceres a Juan Bosch, pasando por Juan Pablo Duarte, Bonó, Hostos, Ulises Francisco Espaillat, etc; lo que ha triunfado ha sido la tentación totalitaria. Ahora mismo la tentación totalitaria está presente. Pero no creo que haya una certeza de ello por parte de los intelectuales, y a la mayoría no creo que les importe. Como decía Pangloss, el personaje de Voltaire, cada quien cultiva ahora su pequeño jardín.
Lo que no quiere decir que no exista una expresión cultural que muy a menudo surge a pesar de todas esas condiciones adversas. Repujamos una cultura, expresamos una individualidad espiritual que tiene su correlato en las manifestaciones artísticas. Somos lo que nuestra expresión artística es. De manera que es mucho más que una esperanza, es un siendo perpetuo, una realidad.        
¿Existe en la actualidad una creación literaria en el país que permita la perdurabilidad o trascendencia que haga posible superar la posteridad, o solo existe una creación light, sin compromiso, cuyas páginas están condenadas al zafacón, en el oficio de los escritores de hoy?
ALM: Tenemos ambas cosas, es así como funciona la realidad del mundo espiritual. Nadie se imagina las miles de obras que se escribieron bajo la influencia del Postumismo en nuestro país. ¿Y qué quedó? Los versos de Domingo Moreno Jiménez, y el impulso liberador de su Manifiesto en lo que respecta a la métrica y al descubrimiento de todo lo “poetizable” de la inmediatez. No todos los integrantes de “La Poesía Sorprendida” quedaron enmarcados como grandes creadores. Muchos se perdieron en el olvido. Sucedió en el pasado, sucederá  de nuevo.
Lo que ahora leemos del mundo griego fue lo que se coló de la selección de las Letras latinas. Los griegos dominaron a sus dominadores por el poder de su arte y su pensamiento; pero los romanos únicamente usaban lo que les servía. Esa es la dinámica, así sucederá.  La generación del 98 español no  era solo Unamuno. Y la del 27 no era tan solo Lorca.
Las Vanguardias europeas constituían un modo de apropiarse en el arte de las nuevas realidades del mundo tecnológico, a finales del siglo XIX y principios del XX; traducían una nueva sensibilidad, y eran tantos… ¿Qué quedó? Unos pocos. Esa decantación es inevitable, en todo en la vida.           
¿Tenemos los dominicanos la posibilidad de construir una presencia intelectual, en la que el escritor o la escritora dominicana sean referentes en el continente?
ALM: La hemos tenido, la tendremos. Mucha gente olvida que la variable de romanticismo que se cultivó en América privilegió las expresiones temáticas de las minorías culturales. “Martín Fierro”, de Hernández, es un buen ejemplo. El indigenismo también. La mejor novela indigenista fue “Enriquillo” de Manuel de Js. Galván. Y el peso intelectual de Pedro Henríquez Ureña es indesterrable de la tradición de alta cultura del mundo americano. Es imposible hablar de la periodización de la historia de la literatura en el continente sin el aporte de Pedro Henríquez Ureña, y mucho menos concebir el proceso de autopercepción a través de la cultura, y lo específico de la cultura americana, sin las agudas reflexiones y los hallazgos de sus investigaciones y propuestas. Bastaría citar un libro como “Seis ensayos en busca de nuestra expresión”, que liquidó el debate sobre “Civilización y Barbarie” que había paralizado, empinándose sobre el eurocentrismo, toda idea de la identidad americana.
Los tiempos han cambiado, el modo de influir talvez sea otro. Las universidades norteamericanas están llenas de dominicanos con altas calificaciones intelectuales, y hay numerosos creadores dispersos por el mundo;  Junot ganó el Pulitzer con un texto que escarba la aventura espiritual del dominicano trashumante; Marcio Veloz Maggiolo es un arquetipo de creador y trabajador intelectual; hubo, hay y habrá presencia intelectual dominicana que pueden ser, y son, referentes.     
¿Qué opina de la identidad del dominicano, tenemos una, la tomamos prestada y la negamos a otros?
ALM: Es claro que tenemos una identidad, y quizás un rasgo definido de lo dominicano es el hecho de que es por esa identidad que somos lo que somos en el tiempo y en el espacio. Para empezar, tuvimos una formación del estado-nación diferente al resto del mundo americano: nos separamos de Haití, no de España.
Segundo, nuestra independencia es un hecho cultural, totalmente distinto del resto de países cuyas independencias expresan un estado de la evolución económica del criollo. La independencia dominicana es  el reconocimiento de la otredad frente a Haití. Por todo ello es que somos sui géneris. Pero, además, la identidad no es una esencia eternamente parecida a sí misma. La identidad es un siendo permanente. Siempre hay algo que desaparece y algo que queda. Recuerdas los versos del Pablo Neruda de los “Veinte poemas de amor”: “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. Ya no se puede describir la identidad con la incertidumbre de los intelectuales latinoamericanos del siglo XIX; la identidad es muchas cosas al mismo tiempo.     
Tuvimos a un Juan Bosch, un Pedro Henríquez Ureña, también a una Aida Cartagena Portalatín e incluso, en la narrativa a una Hilma Contreras, escritores de una formación humanística reconocida, ¿cree que los jóvenes poetas y los jóvenes narradores tienen posibilidad de ocupar parte del espacio que legaron esos creadores?
ALM: Ese es el reto. En la tradición de la cultura dominicana hay creadores instintivos, sin formación académica propiamente dicho; pero con una gran sensibilidad. Podríamos citar a  Domingo Moreno Jiménez, Juan Sánchez Lamouth, a Manuel del Cabral, y algunos otros. Autores sin dudas fundamentales en la cultura nacional. Habría que preguntarse si en el mundo actual puede surgir un gran escritor exclusivamente empinado en lo instintivo. Un Octavio Paz, un Carlos Fuentes, un Julio Cortázar, un Carpentier, y un largo etcétera, sobresalen fundándose en su enorme formación humanística. Quien se proponga transitar el camino de la creatividad y el pensamiento en nuestro país, tiene que entender la etapa que le ha tocado vivir. De eso se trata.  
Muchos consideran que es usted uno de los novelistas de mayor importancia en el país, ¿sirve para algo esa consideración, en un país con tantas taras sistémicas en el entorno cultural?
ALM: Ni la consideración es verdadera, ni sirve para nada. Yo solo escribo. Cuando era joven tenía la sensación de que el mundo todo era palabra, y que era apenas un intérprete que se deleitaba nombrando las cosas. En mi libro “Al filo de la dominicanidad” escribí un artículo sobre mi fascinación por la palabra “Ferretería”.  Entraba a una ferretería y bajo ése nombre se alojaban tantas cosas que todo aquello era mágico. En una ferretería hay de todo, clavos, martillos, garlopas, carretillas, papel de lijas, cemento, varillas, etcétera. Una sola palabra abarcaba tantos elementos de la realidad que yo me sentía aturdido. No sé si a todos nos ocurre igual, pero creo que descubrí primero un orden alfabético que un orden lógico.
Me desvivía por lo que la palabra tenía como misterio. Ahora soy académico, hablo de que la lengua es un sistema, finjo distanciarme del objeto estudiado; pero en el fondo sigo siendo el mismo muchacho que descubrió que la lengua era un arma poderosa, una fuente de creación, un territorio de combate. No me importa cómo me juzguen quienes leen  mis novelas,  mis ensayos, o mis artículos; cada escritura es para mí un pequeño acontecimiento que me compromete deliciosamente.  
 ¿Sigue siendo República Dominicana un país de poetas y cuentistas, o la novela rompió esos esquemas?
ALM: Seguimos siendo un país de poetas, pero la poesía es un género que cuesta  mucho dominar. Se dice que la novela es la mayoría de edad de cualquier literatura, por ser de largo aliento y construir universos de sentidos. Muchos de nuestros grandes novelistas son autores de un solo texto. Pero la poesía es, para mí, el más alto nivel de la expresión literaria.
Es tanto lo que se puede decir en un poema, es la máxima concreción de la subjetividad, el mayor poder de síntesis de la expresión. Ser un gran poeta es una categoría que no todos alcanzan. Lo de contar lo llevamos en la sangre. Lo que ocurre con la novela es que, sobre todo después de la muerte de Trujillo, todo el mundo descubrió su propio espacio existencial, y labró el testimonio. Había como una necesidad de contar, como un impulso. Irrumpió, entonces, el cuento y la novela, que además tienen más salida comercial.   
¿Hace falta una crítica literaria seria y objetiva o estamos bien a la libre, sin que nadie enfile los cañones hacia la literatura dominicana?
 ALM: Hace falta una crítica. Tuvimos crítica hasta los años setenta del siglo pasado. Ya nadie práctica el ejercicio del criterio, como decía Martí. Apenas Giovanni Di Pietro se arriesga. Debemos agradecerle.
¿Qué cree que falta en República Dominicana para que el escritor y la escritora real, quien trabaja en un ejercicio sincero, cuente con las herramientas que faciliten su ejercicio, tomando en cuenta un mercado editorial prácticamente complejo cuando no inexistente?
ALM: Es un camino muy largo, porque falta de todo. Falta el público lector, el circuito de la circulación y el mercado. No se puede ser grandilocuente, los escritores somos marginales, y no les importamos mucho a los poderes fácticos, ni al poder político. Escribimos auto-explotándonos, somos parias de nosotros mismos. 
Usted que ha publicado con sellos internacionales de peso, ¿qué opina del desdén que se muestra desde muchos ámbitos hacia los autores dominicanos y las preferencias de autores del exterior sobre nuestros escritores, es cierto que esto se debe a que tienen una mayor calidad o que se trata de una realidad impuesta por las propias deficiencias sistémicas del país?
ALM: Un grave problema de la intelectualidad dominicana es que no se leen entre sí, y no hay juicio en qué sustentar la valoración. Los egos ciegan. Sé lo que digo. Estoy obligado a leer a muchos autores dominicanos porque soy profesor, y como además  soy del proletariado académico, es un imperativo ético hacerlo. En toda cultura, en toda literatura, hay opción de goces estéticos diferentes y se puede encontrar de todo como en botica. Nuestras posibilidades son las mismas de cualquier país con un nivel de educación tan deficiente como el nuestro, y con una censura estructural difícil de superar.   
¿Podemos competir desde nuestra realidad actual en un mundo editorial cada vez más competitivo y signado por poderosas casas editoriales, que en nuestros mundos literarios locales se desconocen los criterios de selección?
ALM: Sí, podemos hacerlo. Es sorprendente como el mundo editorial está cambiando en la posmodernidad. Comprendo que es muy difícil el trabajo creativo en un país como el nuestro, e incluso el trabajo intelectual. Sobrevivir es una odisea, reproducir la vida material ha llevado a muchos incluso a la humillación. Pero si escribir, poner ideas en circulación, es tu opción de goce, entonces todo se puede. Yo sí que sé lo difícil que es sobrevivir armado únicamente de los valores espirituales. 
¿Qué escritor o escritora dominicana lo representa y por qué?
ALM: Marcio Veloz Maggiolo significa mucho para mí. Creativa e intelectualmente es un paradigma inevitable. Además, en lo personal, siempre he disfrutado de su cariño y orientación. Mi primera novela tiene su prólogo, trabajé varias veces con él, lo respeto y lo quiero mucho. Me satisface nombrarlo a él en nombre de todos los que valoro en la cultura nacional.
¿Han sido responsables los intelectuales dominicanos con su realidad, sus valores o traidores como denuncia Manuel Núñez en su libro El Ocaso de la Nación Dominicana, al minimizar las luchas patrióticas de la Independencia contra las tropas haitianas?
ALM: Yo dediqué todo un libro, “Mito y cultura en la Era de Trujillo”, a analizar el papel de los intelectuales en el sostenimiento del poder despótico en nuestro país. Fue, sin dudas, un nivel de abyección repugnante. Pero en la intelectualidad dominicana ha habido de todo. Nuestro mundo intelectual se ha nutrido de la incertidumbre, del miedo; proviene de la pequeña burguesía, ha sido grandioso y traidor, valiente y canijo, refulgente y oscuro. Tal y como es la condición humana. ¿Qué es un intelectual desprovisto de sus arreos librescos, sino un pobre hombre? Ahora mismo lo estamos viviendo, no hay que ir más lejos.
¿Es usted nacionalista o las fronteras, en este mundo globalizado, no existen?
ALM: Existen las fronteras, incluso más que nunca; y ello entraña una de las más grandes realidades contradictorias del mundo posmoderno. Pero yo no puedo ser nacionalista, entendido este sentimiento como una pasión excluyente de la condición humana.  Los nacionalismos cerrados han llevado a las grandes masacres de la humanidad.
¿Qué opina de la situación actual de los escritores dominicanos? ¿Quién es escritor, el que escribe o el que publica?
 ALM: Escritor es el que escribe, porque el que publica lo hace porque escribe. Sólo que no debe publicarse todo lo que uno escribe. Escribir es una práctica social, cuya naturaleza es el trabajo en solitario. Nadie se salva colectivamente en la literatura, es un trabajo individual. Por ello la responsabilidad es enteramente del autor. Se escribe para ser leído, pero no todo lo que se escribe se debe publicar.
¿Existe la gran novela dominicana? ¿Quién la escribió? ¿Andrés L. Mateo?
ALM: La gran novela dominicana es la suma de todas las novelas dominicanas cuyo valor estético es apreciable. Lo es para nuestra novelística como  para todas las literaturas universales. Es tan simple como eso. Quienes esperan la llegada de la gran novela dominicana se quedarán esperando, y no hay canon que los salve.  
¿Qué opina de los autores jóvenes dominicanos?
ALM: Hay una enorme diversidad de opciones ahora, se hace literatura en la actualidad de forma muy variada. Tengo muchas esperanzas en nuestros jóvenes escritores, hay mucho talento circulando, y de ello surgirá una mucho más robusta literatura dominicana. No doy consejos, no soy quién para hacerlo. Pero el camino es la buena lectura. Leer los clásicos, los mejores. Un escritor es como un gran pez, se nutre de todo lo que come a su alrededor.
Biografía activa:
Andrés L. Mateo (Santo Domingo, 1946) es poeta, novelista, educador y articulista. Tiene un doctorado en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana y ha publicado las siguientes novelas: La otra Penélope (1981, Premio Nacional de Novela; Alfaguara, 2011), La Balada de Alfonsina Bairán (1991, Premio de Novela de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña) y El violín de la adúltera (2007; ahora en Alfaguara).
Su ensayo Mito y cultura en la Era de Trujillo, de 1994, fue también Premio Nacional. Escribe la columna “Sobre el tiempo presente” en el periódico Hoy, por la cual, en 1999 y cuando se publicaba en Listín Diario, obtuvo el Premio a la Excelencia Periodística Dominicana. En 2004 le fue otorgado el Premio Nacional de Literatura por el conjunto de su obra.
Es miembro de la Academia Dominicana de la Lengua y de la Academia de Ciencias de la República Dominicana. Fue condecorado con la orden “Caballero de las artes y de las letras” por el gobierno de Francia. Es Profesor Meritísimo de la Universidad Autónoma de Santo Domingo y actualmente dirige el Decanato de Estudios Generales de la Universidad APEC.

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