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miércoles, 19 de noviembre de 2014

El Metro de Nueva York

Por Benjamín García 

De punta a punta va recogiendo gente en una ciudad de desvelo permanente. Los carga y descarga mientras salen y entran buscando o llevando el fardo de la vida; del amor a la duda, del oficio a los sueños, de la entrega a la pérdida, del furor al frío. Chilla al deslizarse furioso por viejos rieles de metal en ruta permanente entre el abismo y el cielo. 
    
Como gusano gigante se desplaza a prisa por las tripas de las islas conectándolas con el continente, brota de ellas con la misma facilidad con que las penetra, ante el asombro de quienes le ven a la distancia cruzando puentes, o de cerca habitando sus vagones por minutos y horas de intensa soledad. 
    
En aquellas veloces casetas itinerantes va el poeta, con ese misterioso arrebato de pretender en dos versos perpetuar el momento de los pasajeros cuyo destino le es desconocido.  Va el ciego de alma con la mirada perdida en la bruma de unos ojos sin perdón.
 
    
Va la angustia acompañando al culpable de haber perdido unos besos jamás conquistados, o a aquel abandonado en los andenes del olvido. Va el rico en busca de pobres que le ayuden a hacer fortuna, y el pobre tras el rico que nunca ve, aunque de este dependa la fortuna de exorcizar su ocio. Es el escenario donde artistas de variados géneros hacen sus performance; en dos vías, los que van buscando el espacio para crecer y los que vienen de la gloria o aquellos que definitivamente nunca la encontraron. 

    
El Subway tiene más de cien años mordiendo la tierra, convertido en parte esencial de la gente en cuyo vientre va construyendo historias paralelas a su vida. El Metro cuenta pulgada a pulgada la distancia entre la multitud y sus sueños, los segundos interminables de la existencia neoyorquina, el peso de las huellas de aquellos visionarios que con su talento y astucia lo construyeron.
    
El Metro de Nueva York es parte de la grandeza de una ciudad donde se siente el latir del mundo. Tomas el tren en una estación y mientras haces el recorrido ve deslizarse ante tus ojos los rostros de mil naciones, el cambio étnico de barrio en barrio; corazón del monstruo desde donde alguna vez han intentado desestabilizar su sagrada monotonía.
    
Sobre su hombro pesa la culpa de los miles de atrasos en los horarios laborales. De pronto también se convierte en el refugio del habitante sin techo, en la posibilidad de evadir el frío cuando no hay un lecho que espere. Es cómplice de la aventura cuando sin plan alguno lo abordas y te deja llevar a cualquier destino, a cualquier recodo de la ciudad que invite al gozo.
    
Se parece el Metro un poco a esas patronales donde se junta el “manso con el cimarrón”, no discrimina las clases como tampoco el grado de instrucción.  En él transita el verbo y el sustantivo, el santo pastor y el ruin, la blanca paloma de virgen atributo junto a la zorra feliz de corazón insensible y quizás maltrecho. 
    
Vaya, no dude en abordarlo a cualquier hora y sin prejuicio. Cuando corre vacío o lleva tantas almas que no queda espacio ni para una respiración; con la prisa del compromiso o con el desdén del que no va a lugar alguno; es triste y divertido, tan placentero como doloroso pero sobre todo, y para una ciudad como Nueva York, imprescindible. Y quién sabe si en un salto aventurado de un tren local a uno expreso, mientras toma la mano de alguien, encuentras la génesis de un amor definitivo.  

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